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viernes, 21 de diciembre de 2012

Grecia: El retorno.




Vuelvo sobre mis pasos como si hubiera perdido algo. Ya no quedan aves migratorias para recordarme que el camino es en el otro sentido, que aún es pronto para volver. Tampoco tiene sentido explayarme sobre el error y el errar.

Avanzo, y esta vez reconozco los paisajes. No hay incertidumbre en la frontera y, por momentos, parece que he vuelto a Grecia paradójicamente para hablar italiano.
Llueve y hace frío. Voy despacio por la cuneta, a unos setenta u ochenta, dejando sitio para que pasen todos los kamikaces.

En mi camino a Kabala me detengo junto a una cafetería de viejo. El dueño, un hombre de sesenta años que habla cinco idiomas, no dejará que pague ningún café. En un inglés muy fluido me dice que prefiere que conversemos en italiano. Por supuesto, lo habla mejor que yo.
La situación de los encuentros es recurrente, pero todas las conversaciones son enriquecedoras. A menudo empezamos con intercambio de información personal no muy profunda, continuamos con las particularidades de cada país en algún campo, ya sea educación, política, economía… y si quedan ganas y tiempo, arreglamos un poco el mundo para dejarlo como está. Esta vez daba tiempo, la lluvia arrecia y prefiero pasar el rato empapándome de sabiduría que de agua.

Por la noche vuelvo a hablar en italiano. Estoy en Kavala. Me confirman que hace muy mal tiempo para la época, no pasamos de cinco grados por el día. Más tarde me enteraré que hay una ola de frío que ha dejado algunos muertos en Polonia y Chequia. Desde luego por aquí la situación no es tan cruda, pero se nota que la ventana está abierta en los países del norte y aquí nos llega la corriente.

A lo que íbamos, en Turquía me quité un poco el mono de tocar, pero me provocó la añoranza de música en directo.
Después de cenar un kebab me di un paseo por la zona amurallada, recalé en un bar con buena música aunque un poco desangelado.

Estoy acostumbrado a que te pongan un vaso de agua cuando pides un café o algo de comer, pero en esta ocasión me sorprendió que lo hicieran cuando pedí una cerveza. Digiero la sorpresa con la mirada deambulando por estantes de madera tallada, paredes de piedra y ladrillo, suelos de terrazo rústico… y entonces veo un cartel de un concierto en otro establecimiento, esa misma noche. El local está por el centro, y de todas formas me pilla de camino al hotel, así que emprendo la búsqueda. Doy un par de vueltas sin éxito hasta que un grupo de gente se interna en un portal un poco extraño, mucha luz, puertas abiertas… La casa es un centro social con dependencias, ahora cerradas, en los dos primeros pisos, y un bar en el ático (entrañable CCAN). Hoy, dos bandas locales por tres euros, el precio de la cerveza.
Me ponen una curiosa tapa: cacahuetes, y un plato con rodajas de zanahoria y pepino. Las camareras enseguida me calan como extranjero. Hablamos en inglés, pero cuando una se entera que soy español me pregunta si hablo italiano. Ella está estudiando italiano y le gustaría practicar un poco, le digo que mi italiano es un poco chafardero pero adelante.
Las bandas no son muy buenas, pero me alegra contribuir a que puedan seguir tocando, comprando cuerdas y baquetas, pagando el local de ensayo, colaborar en mantener la música viva, no solo en conserva.

Regreso a por mi ración de asfalto, pero me preocupa que la previsión del tiempo acierte, dicen que va a nevar.
Y nieva.
Me refugio en un hotel en Alexandria, pasado Tesalónica. Por la mañana está nevando sobre un manto blanco que se ha deslizado subrepticiamente durante la noche. Sobre las dos de la tarde dejan de caer copos, pero ni por esas los  termómetros llegan a temperaturas positivas en todo el día. Por la noche baja la niebla y se desploma el mercurio hasta seis bajo cero.
El día siguiente amanece radiante, y la carretera está despejada de hielo. Me pongo en marcha un poco preocupado por un puerto que disfruté hace un mes. Se puede ir por autopista, pero no me hace mucha gracia, y menos ahora que voy despacio. Ya habréis observado que en la moto mi velocidad es inversamente proporcional al frío.
Voy subiendo con el camino limpio, en muchos tramos seco, en otros la sal y el agua en compañía. A medida que avanzo se ve más nieve en las cunetas y en alguna curva en penumbra restos de hielo que no conoce la sal, apenas unos hilillos “como de plashtilina” de escasos metros y apenas una cuarta de ancho.
Poco antes de la cima, en la otra ocasión fue bajando, hay una población, Kastania, con unos monasterios entre bosques de robles que retraté en fotos y aparecen en el video de Grecia.
Castañazo.
Entro en una curva y desaparece casi todo el negro del suelo gris oscuro, total: casi blanco.
Sudor al entrar en el hielo.
¡no pierdas la calma!
no pierdas la calma,
no pierdas tracción,
no tumbes,
no hagas movimientos bruscos,
no hagas…
no pienses…
no respires…
Y termino por detenerme con un par de resbalones y las piernas estiradas en un intento por tener más puntos de apoyo.
Pero la parada aún no ha terminado. La rueda trasera no tiene tracción y empiezo a ir marcha atrás. Resbalo. La moto empieza a cruzarse y mantengo la verticalidad todo lo que puedo, que es poco. Finalmente, casi quieto, no puedo sujetar la moto en pie y se me cae de entre las piernas. En el intento por no dejar aplastada ninguna parte de mi anatomía, termino en el suelo suavemente pero sin remisión, me deslizo boca abajo un par de metros, mientras, la moto se gira un poco sobre sí misma y también se para. Me habré internado casi cincuenta metros en esta pista de bogslei. Pura suerte no haberlos hecho resbalando desde el principio.
Estoy bien, todo ha sido como a cámara lenta para suceder tan rápido.
Ahora viene lo complicado: levantar la moto.
Desmonto el caracol y la maleta derecha. Tengo que arrastrar la moto hasta un sitio donde pueda hacer fuerza sin que me patinen los pies, y con suficientes garantías para que la moto no se escurra de nuevo.
Y creerme, no es fácil. Como en los dibujos animados, en los primeros intentos es como si fuera la moto la que me empujara a mi.
Me pongo nervioso. Primero lo huelo, y luego veo que rezuma gasolina por la tapa del depósito. Recuerdo que no me he cruzado con nadie en sentido contrario, y hace bastante que no veo coches. Mejor no espero ayuda y me apresuro.
Finalmente la moto está sobre sus ruedas,  encarada hacia abajo, pero tengo que salir del hielo. Me alegro de que apenas pese doscientos kilos, y ahora, descargada, es más manejable. Se ha roto el extremo de la leva del embrague, la bola, pero el resto está bien.
Logro llegar a una zona estable, y me preparo para desandar el camino. Empaco todo y termino de recorrer  los cuarenta kilómetros más cortos del viaje, no en vano estoy en el mismo sitio.


Hoy no es el día. Tras abandonar la autopista paro a tomar un chocolatito en una pastelería y rompo el tirador de la cremallera de la cazadora. Lo soluciono con una argolla de un llavero, y para no empeorarlo, engraso un poco los dientes con un poco de mantequilla que solicito a la camarera para su asombro. No tienen aceite de oliva.
Esta noche la paso en Siatista, en vez de en Kastoria, que era mi primera idea.
De nuevo en un hotel. Doce bajo cero.
Mañana: Albania.

Cuidarse,

Marne

martes, 4 de diciembre de 2012

lunes, 26 de noviembre de 2012

Cuarta avería




A Grecia la doy por concluida. Como todo en la vida sé que hay mucho más por conocer, pero para una toma de contacto ya está bien. La próxima vez intentaré alguna de las islas.

¿Sabéis ese de un español, en este caso de León, que va por el medio de Grecia en moto y atropella una cabra? Yo tampoco, pero conozco al de la moto: el que suscribe.

Cuántas veces oímos lo de tener cuidado con los animales en la carretera. Sí es cierto que soy un poco despistado, y es cierto que bajo la guardia cuando estoy cansado, o cuando estoy disfrutando del paisaje.

La cosa fue tal que así:
Un día con brumas altas que no dejan que calienten los rayos, pero se agradecen las gafas de sol. Carretera secundaria en una zona de colinas, con el asfalto aceptable. Curvas amplias, visibilidad media, tiempo fresquito para la moto, unos quince grados. Voy oscilando al compás de las trazadas y pensando en Turquía.
Pelo de cabra en la bisagra
Unos metros más adelante, a la salida de una curva, un pastor con su rebaño a la derecha de la calzada. Me da tiempo a saludar al pastor mientras aminoro. Cuando ya casi los he dejado atrás una cabra sale del otro lado de la calzada. Trayectorias coincidentes y colisión. La maleta izquierda golpea a la cabra y la derriba. El impacto suelta algunos anclajes y la maleta cae al suelo, pero queda sujeta por el último y la voy arrastrando. La moto se desestabiliza y me concentro en terminar de frenar sin caerme.
Con la emoción no hice una foto de cómo quedó tras el golpe. Solo después de volver a fijar los anclajes se me ocurrió que era un episodio de los que sí hay que contar. Fue más el susto que otra cosa, en cinco minutos estaba otra vez en marcha.

Abrasión
Pero eso no es todo. Es como si Grecia pensara que me voy a olvidar de ella si no me da un par de sorpresas de despedida.
Alrededor de las cuatro llego a la frontera con Turquía después de pelear todo el día con un viento espeso. He dado bandazos esforzándome por seguir la trayectoria de una forma fluida. No he pasado de ochenta en un intento de que los golpes no sean muy acusados. Pero en la tierra de Eolo los mortales no pueden nada contra los dioses.
Salgo de Grecia, pero sin entrar en Turquía. Estoy en tierra de nadie.
En un oportuno Duty Free hay un cajero automático que permite sacar libras turcas o euros. Aprovecho para hablar con unos vendedores y preguntarles cuatro palabras en turco. En esto que entra otro vendedor y me dice que mi moto se ha caído. Llevo el casco en la mano así que para identificarme lo tiene fácil.
Salgo fuera y contemplo la victoria de Eolo, la moto está en el suelo, y la mochila está tocando la aleta de la rueda delantera de un coche.

Quito la maleta que queda accesible, y desmonto el “caracol”. Un par de concurrentes me ayudan a levantar la máquina.
El conductor del coche está tranquilo, pero me indica una pequeña hendidura en la chapa. La observo y no parece que mi mochila haya podido hacer eso, pero el hombre me dice que lo solucionamos con cien euros. Suena la alarma y esta vez sí hago caso. Gano un poco de tiempo y examino la moto.
Horror, la maneta del freno está rota.
Ahora sí que voy a necesitar tiempo.
El hombre sigue insistiendo en que con cien euros lo zanjamos. La situación es extraña. La conversación es en inglés con un espectador que hace de interprete para el conductor griego.
Le digo que tengo seguro y que está para estas cosas. Él pide dinero y que no me mueva. La alarma pasa a defcon2. Le explico que mi avería es más importante que la suya y que necesito una grúa para poder moverme y que no pienso ir a ninguna parte. Insisto en el seguro. Entonces se va a buscar a un aduanero.

Restos
Mientras, me hago una composición de lugar.
Entrar así en Turquía no me parece muy conveniente. Puedo ir sin freno delantero algunos kilómetros, pero con la moto tan cargada no es muy buena idea, y además no sé como estará el tema de repuestos. Si entro de esta forma lo mismo unos pocos se transforman en muchos con días de por medio. Grecia sigue estando en la CCE y ya entiendo un poco como moverme. Turquía de momento no, y tampoco sé nada del país. Hago memoria y recuerdo que en Alexandrópolis he visto varios talleres de motos y la población es medianamente grande. La dejé atrás y estará a unos cincuenta kilómetros. La noche va cayendo y decido que ya que voy a hablar con el seguro que me envíen una grúa. Turquía tendrá que esperar a mañana… por lo menos.
Viene un aduanero con el conductor, y se repite la conversación. Pide dinero y yo le digo que el seguro o nada. Me comenta el aduanero que llamar a tráfico llevará un rato y que tal vez sea más fácil arreglarlo con el dinero, según sugiere la otra parte, pero me enroco. En mi línea le comento que no tengo prisa, que necesito una grúa y que tengo tiempo de sobra. Les dejo que llamen a tráfico mientras yo contacto con el seguro.

Pero llamar por teléfono resulta que se complica. Solo encuentro un terminal público, y funciona con tarjeta. Acertasteis, no tengo tarjeta de teléfono.
Entonces el dependiente con el que hablé antes, Panaiotis, me pregunta que como va lo de la caída de la moto. Le informo del desaguisado y le pregunto por otro teléfono. Me dice que no hay, pero que espere cinco minutos y me deja el de la tienda. Le digo que la llamada es internacional y él que no hay problema.

Precisamente mientras estoy hablando con el seguro llega la patrulla, no parece que haya tardado tanto, me sonrío. Les digo por señas que termino la llamada y estoy con ellos. Hablar con la compañía es relativamente fácil, el único inconveniente es precisar el lugar del incidente para que ellos busquen una grúa.
Me piden un teléfono de contacto y les digo que no tengo, probarán a llamar a este, el de la tienda.

La pareja de tráfico, rellena el parte. Nos intercambiamos datos y en el espacio para la descripción nen que el aire ha tirado la moto. No hablan mucho inglés, y el parte está en griego, pero Panaiotis me confirma que lo escrito es lo correcto.

Cuando terminamos las formalidades me instalo en la cafetería, para esperar la grúa. La amabilidad del dependiente es excesiva, me invita a un café para entretener la espera y me acerca el teléfono el par de veces que llama el seguro para preguntar si ha llegado la asistencia, y que están gestionando un hotel por si lo necesito. Panaiotis me dice que hice bien en no aceptar el pago del dinero, que al final de la conversación con la patrulla el griego les explicó que era chapista. Picaresca griega frente a cabezonería española.


Servidor y Panaiotis

Finalmente llega el auxilio. Como estoy en tierra de nadie resulta un inconveniente que el camión cruce el puesto fronterizo, porque tendría que hacer todo el trámite de salir y entrar. De nuevo Panaiotis al rescate, les comenta a los aduaneros la situación, aunque ya están sobre aviso por la charla que tuve con uno de ellos. Me permiten sacar la moto en sentido contrario por el puesto sin tener que hacer nada.

El conductor, Fotis carga la moto, y se trae un ayudante que habla inglés, supongo que por petición del seguro. Panagis (juro que no me invento los nombres) me pregunta que si es cierto que vengo desde España en la moto. Desde Atenas sí se nota cierto asombro cuando confirmo la procedencia.

Nos dirigimos a Alexandropoli y mantenemos una conversación animada. A medio camino, hay una población con un taller a pie de carretera, me preguntan que si quiero probar suerte. Paramos, Panagis explica la situación y uno de los mecánicos se acerca al concesionario de al lado. Minutos después trae una maneta de freno. Me dice que no es original pero que sirve. Confirmo con el pedazo que llevo en el bolsillo que sí, que me vale, bueno, a la moto.

Le digo a Fotis que no baje la moto todavía, tengo que hablar del precio. Panagis va traduciendo, piden dieciocho euros, pregunto que si montada o solo la pieza, que montada, les digo que está bien. Entonces empezamos a bajar la moto, pero Panagis no tiene claro si me ha dado bien el precio. Tratamos de aclararlo con la libreta. Piden ochenta.
¡Quieto todo el mundo!
Ahora sí empiezo el regateo, que eso es mucho dinero. Alego que en España no cuesta ni la mitad. Que esto no es España, que es un buen precio, que la maneta es mejor que la original, que si ya es tarde y que en Alexandrópolis estará todo cerrado cuando lleguemos… Entre la espera en el café, cargar la moto y el trayecto son las siete pasadas, hace una hora que ya es de noche.
Los operarios no se bajan de la burra y termino pidiendo el precio de la pieza, que ya la cambiaré yo. Setenta.
¡A cagar!
Volvemos a cargar la moto con el consiguiente enfado de Fotis, y el sentido de culpabilidad de Panagis por el malentendido.

El resto del camino transcurre con un poco de tensión en la cabina. Trato de aligerar la situación, y les digo que tal vez si fuera rico, alemán o americano hubiera pagado, pero que soy Cazurro.

Llegamos a Alexandrópolis. Por supuesto el taller está abierto. Por veinte euros me cambian la maneta y me dan un poco de conversación.

De nuevo a la carretera para buscar un sitio donde dormir.
Mañana Estambul.

Cuidarse,

Marne





miércoles, 21 de noviembre de 2012

Grecia III

A vuestra salud



Grecia da para mucho.
Ahora que sí hago turismo estoy menos tiempo encima de la moto.
Se suceden los encuentros y me empapo del ambiente. Hay una serie de sensaciones que son propias y difícilmente transferibles porque se cimientan en mi trasfondo vital. Tendría que narrar y destripar demasiadas cosas que aburrirían a cualquiera.

De un tiempo a esta parte noto que las emociones son más vívidas, es como si se cayeran capas de la coraza que nos ponemos para ir por el mundo y no dejar que nos afecte demasiado el entorno,  y conseguir que las experiencias que tenemos no nos estremezcan demasiado. Es la búsqueda de la seguridad emocional al precio de entumecer el sentimiento.

En la acrópolis coincidí con varia gente que hablaba castellano. Recuerdo de forma especial a una familia y allegados de Móstoles. Estuvimos arreglando el mundo un rato justo en la cuna de la democracia. Y nos hizo gracia la coincidencia. Parecía buena gente y pasamos un rato agradable aunque el motivo de la conversación distaba de la tranquilidad.


Ónfalo
La siguiente visita fue Delfos, dónde pretendía consultar el oráculo, pero llegué más de dos mil años tarde. Había salido.
El centro del mundo, el ónfalos u ombligo del mundo, que es una piedra arrojada por Zeus.
La mitología cuenta que para saber dónde estaba el centro del mundo Zeus creó dos águilas de oro y las hizo volar desde el extremo del universo, allí donde se juntaran estaría el centro del mundo. Se posaron en las dos cimas del monte Parnaso, y al pie de la montaña arrojó una piedra para marcarlo.
Vaya manía que tenían los griegos de hacer las polis en lo alto de colinas y sitios no muy cómodos de pasear, pero supongo que fácilmente defendibles.

Teatro
Aproveché para cantar un poquito en el teatro, y no me importó no recibir aplausos. Hubiera sido una sorpresa entre otras cosas porque estaba vacío. Algo tan simple como unos versos en el teatro me tuvieron con la sonrisa en los labios días.
Recuerdo la Fuente de Castalia porque allí llené de agua mis recipientes, una botella de litro y medio, y una bota de vino, un regalo que me hizo en Barcelona otro buen amigo, Bernardo. Tenía vino, pero se acabó hace kilómetros, así que la lavé, y después de unos litros un poco saborizantes, el agua ya está estupenda.
La visita a Delfos realmente la termino en Estambul. Pero esto ya lo contaré en su momento.

Termópilas
De aquí directo a Meteora, pero los planes cambian cuando paso por un letrero que dice: Termópilas.
Y entonces sí que entendí lo de la batalla de las Termópilas. No sé lo que os habrán contado en el cole, hayáis leído en los comics o sus adaptaciones cinematográficas, pero la verdad es otra muy distinta.
No estaban defendiendo ningún paso crucial contra Jerjes, estaban protegiendo las Piscinas Termales, las termo piletas, las termopilas. Claro que la historia es más emocionante como está.
El caso es que había varios camioneros allí parados y lo más importante, un grupo de muchachos acampados.
La respuesta era evidente, pero tenía que preguntar si habría algún problema por acampar allí. Ellos venían de Atenas a pasar el fin de semana y ya tenían montada su tienda. Luego me enteré que lo hacían un par de veces o tres al año.

Georgios, Spyros, Pablo, Helena, Andreas
Eran cinco: Georgio, Pablo, Spiros, Andreas y Helena.
Me invitaron a cenar, ya tenían la parrilla en marcha y no me dejaron terminar de montar la tienda. Los tres últimos hablaban inglés. Y sobre todo Spiros, que además es músico, con lo cual hablamos largo y tendido.
Por la noche bañito y risas. Afortunadamente ellos estaban de empalme y pudimos acostarnos a una hora prudente. Si no, supongo que la noche hubiera sido larga y el día siguiente lo pasaría con morfeo.

Desayuno, bañito, recojo el campamento y me despido de los muchachos.
Esta vez sí, Meteora y sus templos. Bueno, los que quedan, porque en la segunda guerra mundial la resistencia griega se refugió en la zona y los alemanes destruyeron alguno de los monasterios.

Sesión
Una de las visitas más impactantes ha sido la de Vergina y las Tumbas reales, entre la que se encuentra la de Philipos, padre de Alejandro. No hay fotos porque no dejan, pero el tesoro que se encontró es realmente fantástico, os invito a que por lo menos echéis un ojo en internet, o al estilo tradicional, en alguna enciclopedia. Como estaban sin profanar hay una colección de coronas, armas, vajillas… simplemente delicioso.

Luego rodar hasta Tesalónica que está plagada de iglesias ortodoxas, paseo marítimo de “gente bonita” y donde confirmo que las griegas tienen aceitunas del egeo en vez de ojos, que pasan del azul al verde, hasta el negro casi rojo.

En Loutra Elefteron me desvié a un complejo termal abandonado. Lleva unos cinco años “cerrado”, pero todos los edificios están saqueados y abiertos. El saqueo no es total, pero llegando con la anochecida da pavor. Di una vuelta y un parroquiano me contó un poco, diciendo que ahora las instalaciones pertenecen a un grupo Belga, pero que el prefiere disfrutar de los baños así, supongo que porque es gratis. Casi me baño, pero por la hora preferí seguir viaje.
Al día siguiente encontré otras nuevecitas, y ahí sí que me di un bañito antes de dirigirme a la frontera de Turquía. 

Cuidarse,

Marne






Un águila en cada pico

Templo de Apolo y base del Trípode de Platea

Noche de "hotel"

Meteora

Tesalónica

Beso

León de Anfípolis

Agios Nikolaos (Lago Vistonis)

Kabala

Sta Sofia de Tesalónica