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viernes, 28 de diciembre de 2012

Albania y otra avería



Los últimos kilómetros por Grecia transcurren entre señales preventivas sobre osos en la calzada y paradas para entrar en calor. Conduzco por el corazón de las montañas de Moravia.
Estoy preocupado y pregunto varias veces por el estado de la carretera, la última vez, a una patrulla de la policía que solicita pasaportes en el primer cruce que hay en la carretera que llega desde Albania. Me confirman que todo está limpio. Me tranquilizan, con una experiencia Kastania me basta.
En la aduana el papeleo es sencillo y rápido. Sonrisas de sorpresa y deseos de buena ruta. Tres bajo cero a las dos de la tarde.
Y primer susto, como para darse la vuelta. Paso el control griego y cuando entro en tierra de nadie resulta que está helado. ¡Glups!
Avanzo hasta el puesto albanés pensando que igual me doy la vuelta nada más entrar en el país. Afortunadamente el terreno es llano, solo tengo que tener cuidado con algunas rodadas que pliegan un poco el hielo.

La zona de los controles está a la sombra de la montaña, y me obligo a dispersar la que genera mi mente avanzando por una pequeña recta helada de doscientos o trescientos metros. Está flanqueada por camiones dispares, y en las cunetas por pequeños camionetos-cantinas de los que salen aromas que me evocan calor, ya sea en forma de comida o bebida. Al final una rotonda que determinará mi ruta, adentrándome en el país o regresando de una de las visitas más cortas del viaje.
Varias personas vestidas como en los años setenta españoles remolonean por la avenida y me convierten en el protagonista de un desfile singular. No les debe impresionar mucho que la pasarela sea de hielo; a mi sí.
La suerte está de mi lado. La pista de patinaje termina en la rotonda que está prácticamente  limpia, y entonces es como entrar en el libro de “La casa de los espíritus”.
Nívea.
Clara.
Blanca.
Alba.
Albania.
Me dirijo hacia Korçe a unos treinta kilómetros. Paso los primeros bunkers, un modelo de señales propio que se extiende por todo el país, y a los que extrañamente te acostumbras pronto, supongo que por el halo de irrealidad que los acompaña en nuestros tiempos. Pero no ha mucho, debían ser estremecedores, como la temperatura, que empieza a bajar, y eso que apenas conduzco a sesenta por los arcenes.

De momento hay un par de fotos que se me han escapado de la cámara y solo tengo en la mente, y casan muy bien. Una es evidentemente sobre los búnkers, y la otra, las señales de velocidad en Alemania en las que aparecen tanques

La carretera está limpia pero cuando llego a la ciudad las calles laterales que parten de la vía principal están heladas. Encuentro un hotel sencillo, y más en mi línea, detrás de otro evidentemente destinado al turismo extranjero.
Pero el sitio es agradable. Buen trato, una decoración retro bien llevada, y me sorprenden con internet en las habitaciones, eso sí, por cable, nada de wi-fi.
Al fondo la catedral
Me ofrecen un patio interior para la moto que compartirá con el generador de emergencia, aunque aquí es mas bien de asistencia, porque todavía sufren apagones ocasionales. Tengo que llevarla por un callejón con el piso congelado unos metros, pero ya casi me he acostumbrado. Al tiempo que avanzo me repito que no debo confiarme. Esa cantinela “de no te fíes” me la repito muy a menudo, aunque no lo parezca, y ¡vaya si me ha ayudado!

Hacemos más negra la hoja de registro y el cielo nos imita, o viceversa. No puedo evitar dar un paseo por la ciudad, y patinar de tanto en “tonto”. La ciudad está poco iluminada, de las casas tampoco llega mucha iluminación. Por un fugaz momento las tomo por casas viejas y abandonadas, o por terminar de edificar, pero es la herencia de un comunismo no muy bien entendido. Cuanto más curioso porque Hoxha trabajó aquí como profesor a la vuelta de su participación en las Brigadas Internacionales en España.
Los automóviles tampoco ayudan mucho, unos ahorran en luz, otros en bombillas de recambio. Tampoco quiero dar una mala impresión. Se ven luces y mercados de navidad y gente por la calle más o menos animada, con este frio no se debe pedir más.

Escuela
He visto un par de inmuebles un poco diferentes y me digo que por la mañana les haré alguna foto. Uno es una iglesia bastante moderna, que resulta ser la catedral más grande del estado; otro es el museo de las letras, que fue la primera escuela reconocida cuando el país se estableció como Albania; y finalmente, alguna villa neoclásica.

Al día siguiente, tras las fotos, y conocidas las inclemencias, decido acercarme a la costa tan pronto como me sea factible, pero evitando en lo posible los puertos de montaña.
Mis pasos, podría decirse, ya que circulo a cincuenta por el arcén para no congelarme muy deprisa, me guían hasta un lago idílico.
Parece que la pesca es buena y abundante. La carretera está flanqueada por vendedores de pescado, algunos mantienen las piezas más grandes vivas dentro de peceras, las más pequeñas, del tamaño de bocartes o sardinas, están estuchados en bolsas de plástico con forma de huso.

Estas jornadas me da mucha pereza parar para hacer fotos o videos. Cada vez que me pongo en marcha debo “acorazarme” sin dejar resquicios en los guantes, el pasamontañas, la bufanda, las botas… en ocasiones, basta que cambie un poco la posición en la moto para que tenga que reajustar alguna parte de la indumentaria.
Los puños calefactados están al máximo, pero las manos terminan por enfriarse hasta que molestan, los pies se solidarizan, y entonces hago una parada, bebo algo caliente,  doy un par de carreras, empujo la moto unos metros, en definitiva, genero calorías que en breve se dispersarán poco a poco. Pero mientras están conmigo ¡qué gustito!

Las dos caras de la fortuna se presentan casi al unísono. Estoy por llegar a la costa cuando el puño del acelerador empieza a trabajar en vacío. Pienso que me he cargado el pegamento con tanto calor interno y que patina la goma. Me detengo y compruebo que es el cable del acelerador: roto.
Aprovecho la inercia para detenerme en una de las cantinas mimetizadas en camionetas. Siempre están en apartaderos amplios o cruces. Esta en concreto también ofrece naranjas además de bebidas y bocadillos y alguna golosina. Es un negocio que no abunda en España, pero en los países ribereños del Egeo y el Adriático son muy habituales. Recurro a ellas para recargar mi calefacción a base de café o te, y alguna vez algún bocadillo caliente.
Creo que en este viaje habré tomado tanto café como en el resto de mi vida. Algunas noches a la hora de dormir noto que estoy demasiado lúcido para lo cansado que me siento.



Algo parecido me pasa con el té, después de una dosis me sorprendo cantando en el casco, más eufórico de lo “normal”. Sin embargo a la hora de “planchar” lo noto menos, y eso que el principio activo tiene el mismo origen en una metilxantina.

Todas estas disquisiciones no me van a reparar el cable, así que manos a la obra.
Lo primero comprobar si se trata de uno, o los dos cables del acelerador. Desmonto el puño y afortunadamente solo es uno: el que tira. Está completamente oxidado por el medio, justo por donde se ha roto.
De nuevo es mi primera vez.
No encuentro la forma de acceder al otro extremo del cable salvo desmontado el depósito. Menuda tarea. Son las tres y media, en una hora y media se hará de noche, no hay tiempo que perder.
El hombre de la cantina me pregunta si está todo bien si tengo problemas. Habla esencialmente en alemán, pero conoce algunas palabras en italiano, le pongo al corriente de la situación y me deja entender que si necesito algo, que lo pida.
Manos a la obra. Lo primero desmontar el caracol por completo. Quitar los paneles laterales, los frontales parcialmente, fuera el depósito, y finalmente llegar al carburador. El lugar del anclaje no es muy accesible, sacar el otro extremo del cable es relativamente fácil, pero para volver a encajarlo me va a dar la risa.
Eduart
Mientras estoy en la faena llega el hijo del cantinero, Eduart. Habla italiano y volvemos a repasar la situación.
Solo tengo un cable con la cabeza del extremo del tamaño adecuado, pero está un poco deshilachado en la punta. El padre de Eduart se ofrece para cortarlo de modo que entre mejor por el macarrón y luego en el bloqueo. Mi alicate no es capaz de cortarlo.
A partir de ahora el padre será relevado por el hijo, que no se apartará de mi lado y me ayudará en todo lo que pueda, incluida la conversación.
La cabezuela del cable la dejo para el puño, y en el otro extremo pondré la presilla, pero incluso quitando el cable del aire el acceso es complicado. El tiempo va pasando. Viene un amigo de Eduart  que sabe hablar en inglés y hacemos una pausa para tomar un café. La conversación es a tres bandas, una torreta de babel, apenas un poste. Entre ellos hablan en albanés y conmigo uno en italiano y el otro en inglés, y después de cada comentario hay que hacer una traducción a alguno de los otros. Está oscureciendo y tras el café  aparece “mi ayudante” con una lámpara de mano que nos ayudará mucho en adelante.
El cable es bastante justo y no soy capaz de enhebrar la presa en el angosto espacio que hay en el carburador.
Nos turnamos en el intento, pero llegó la hora de cambiar la estrategia: cambio el sentido del cable, consigo introducir el botón en su sitio, pero ahora tengo un problema en el puño. Tras poner la presilla, no sin dificultad, resulta que es grande para la pieza del puño y no entra.
Perdición.
¡Pero un momento! Recuerdo que tenía una pequeña en algún sitio. Tic tac tic tac (musiquita  del un dos tres), y ¡bingo! Al salir de Éfeso en Turquía volví a romper el cable del embrague y puse la presilla pequeña porque fue la primera que encontré. Si no os lo conté en su momento es porque lo cambié en apenas quince minutos, y ya no me parece reseñable. También tuve que ajustarlo al salir la primera vez de Estambul.
Vistas desde Cabo Rodonit 
A cambiar una por otra y volver a reglar el embrague, unos minutos más en la tarifa. Pero no es el único problema, sobra como un centímetro de cable y hay que cortarlo porque no deja montar la maneta.
Eduart comprende la situación, y se dirige a la casa que hay al lado, resulta que es la suya. Vuelve con una radial pequeña con un disco que pide la jubilación, pero dudo que se la den tan pronto.
El padre me dice que no me preocupe, si no somos capaces de solucionarlo tiene sitio en la casa para mi. Alucinante, se para un vagabundo en apuros delante de su casa y tras un rato le ofrece una cama.
Seguimos con la faena y cortamos el cable, pero sigue sin encajar la maneta. Estudiando la situación detenidamente compruebo que la cabeza del tornillo de la presa es lo que impide armar el mecanismo. De nuevo la radial. Pero antes acciono el sistema. Después de cortar el tornillo no hay vuelta atrás. Si algo fallara no tengo ni más cables que me valgan, ni más presillas pequeñas. En mi paranoia opto por conectar el depósito y arrancar la moto para comprobar que el recorrido es correcto y que todo va bien.
Amputamos.
Y voilá. Restañamos las heridas y ponemos todos los vendajes, añado las férulas del equipaje y listo.
Gracias a Eduart (y no al tres en uno) todo vuelve a funcionar. Pero como tantas veces, no acaba aquí. Me regala unas naranjas y no me deja pagar ni el café. Un tipo que trabaja cinco días como policía de carretera, los otros dos va a la escuela, y en su rato libre ayuda en casa o la cantina, una familia que me ofrece fonda, café, naranjas, herramienta, conversación…
No os hagáis los remolones, aplausos por favor.
Esta noche duermo en Peqin, y las circunstancias hacen que por la próxima noche termine cruzando a Montenegro en medio de la lluvia.

Cuidense,

Marne


lunes, 26 de noviembre de 2012

Cuarta avería




A Grecia la doy por concluida. Como todo en la vida sé que hay mucho más por conocer, pero para una toma de contacto ya está bien. La próxima vez intentaré alguna de las islas.

¿Sabéis ese de un español, en este caso de León, que va por el medio de Grecia en moto y atropella una cabra? Yo tampoco, pero conozco al de la moto: el que suscribe.

Cuántas veces oímos lo de tener cuidado con los animales en la carretera. Sí es cierto que soy un poco despistado, y es cierto que bajo la guardia cuando estoy cansado, o cuando estoy disfrutando del paisaje.

La cosa fue tal que así:
Un día con brumas altas que no dejan que calienten los rayos, pero se agradecen las gafas de sol. Carretera secundaria en una zona de colinas, con el asfalto aceptable. Curvas amplias, visibilidad media, tiempo fresquito para la moto, unos quince grados. Voy oscilando al compás de las trazadas y pensando en Turquía.
Pelo de cabra en la bisagra
Unos metros más adelante, a la salida de una curva, un pastor con su rebaño a la derecha de la calzada. Me da tiempo a saludar al pastor mientras aminoro. Cuando ya casi los he dejado atrás una cabra sale del otro lado de la calzada. Trayectorias coincidentes y colisión. La maleta izquierda golpea a la cabra y la derriba. El impacto suelta algunos anclajes y la maleta cae al suelo, pero queda sujeta por el último y la voy arrastrando. La moto se desestabiliza y me concentro en terminar de frenar sin caerme.
Con la emoción no hice una foto de cómo quedó tras el golpe. Solo después de volver a fijar los anclajes se me ocurrió que era un episodio de los que sí hay que contar. Fue más el susto que otra cosa, en cinco minutos estaba otra vez en marcha.

Abrasión
Pero eso no es todo. Es como si Grecia pensara que me voy a olvidar de ella si no me da un par de sorpresas de despedida.
Alrededor de las cuatro llego a la frontera con Turquía después de pelear todo el día con un viento espeso. He dado bandazos esforzándome por seguir la trayectoria de una forma fluida. No he pasado de ochenta en un intento de que los golpes no sean muy acusados. Pero en la tierra de Eolo los mortales no pueden nada contra los dioses.
Salgo de Grecia, pero sin entrar en Turquía. Estoy en tierra de nadie.
En un oportuno Duty Free hay un cajero automático que permite sacar libras turcas o euros. Aprovecho para hablar con unos vendedores y preguntarles cuatro palabras en turco. En esto que entra otro vendedor y me dice que mi moto se ha caído. Llevo el casco en la mano así que para identificarme lo tiene fácil.
Salgo fuera y contemplo la victoria de Eolo, la moto está en el suelo, y la mochila está tocando la aleta de la rueda delantera de un coche.

Quito la maleta que queda accesible, y desmonto el “caracol”. Un par de concurrentes me ayudan a levantar la máquina.
El conductor del coche está tranquilo, pero me indica una pequeña hendidura en la chapa. La observo y no parece que mi mochila haya podido hacer eso, pero el hombre me dice que lo solucionamos con cien euros. Suena la alarma y esta vez sí hago caso. Gano un poco de tiempo y examino la moto.
Horror, la maneta del freno está rota.
Ahora sí que voy a necesitar tiempo.
El hombre sigue insistiendo en que con cien euros lo zanjamos. La situación es extraña. La conversación es en inglés con un espectador que hace de interprete para el conductor griego.
Le digo que tengo seguro y que está para estas cosas. Él pide dinero y que no me mueva. La alarma pasa a defcon2. Le explico que mi avería es más importante que la suya y que necesito una grúa para poder moverme y que no pienso ir a ninguna parte. Insisto en el seguro. Entonces se va a buscar a un aduanero.

Restos
Mientras, me hago una composición de lugar.
Entrar así en Turquía no me parece muy conveniente. Puedo ir sin freno delantero algunos kilómetros, pero con la moto tan cargada no es muy buena idea, y además no sé como estará el tema de repuestos. Si entro de esta forma lo mismo unos pocos se transforman en muchos con días de por medio. Grecia sigue estando en la CCE y ya entiendo un poco como moverme. Turquía de momento no, y tampoco sé nada del país. Hago memoria y recuerdo que en Alexandrópolis he visto varios talleres de motos y la población es medianamente grande. La dejé atrás y estará a unos cincuenta kilómetros. La noche va cayendo y decido que ya que voy a hablar con el seguro que me envíen una grúa. Turquía tendrá que esperar a mañana… por lo menos.
Viene un aduanero con el conductor, y se repite la conversación. Pide dinero y yo le digo que el seguro o nada. Me comenta el aduanero que llamar a tráfico llevará un rato y que tal vez sea más fácil arreglarlo con el dinero, según sugiere la otra parte, pero me enroco. En mi línea le comento que no tengo prisa, que necesito una grúa y que tengo tiempo de sobra. Les dejo que llamen a tráfico mientras yo contacto con el seguro.

Pero llamar por teléfono resulta que se complica. Solo encuentro un terminal público, y funciona con tarjeta. Acertasteis, no tengo tarjeta de teléfono.
Entonces el dependiente con el que hablé antes, Panaiotis, me pregunta que como va lo de la caída de la moto. Le informo del desaguisado y le pregunto por otro teléfono. Me dice que no hay, pero que espere cinco minutos y me deja el de la tienda. Le digo que la llamada es internacional y él que no hay problema.

Precisamente mientras estoy hablando con el seguro llega la patrulla, no parece que haya tardado tanto, me sonrío. Les digo por señas que termino la llamada y estoy con ellos. Hablar con la compañía es relativamente fácil, el único inconveniente es precisar el lugar del incidente para que ellos busquen una grúa.
Me piden un teléfono de contacto y les digo que no tengo, probarán a llamar a este, el de la tienda.

La pareja de tráfico, rellena el parte. Nos intercambiamos datos y en el espacio para la descripción nen que el aire ha tirado la moto. No hablan mucho inglés, y el parte está en griego, pero Panaiotis me confirma que lo escrito es lo correcto.

Cuando terminamos las formalidades me instalo en la cafetería, para esperar la grúa. La amabilidad del dependiente es excesiva, me invita a un café para entretener la espera y me acerca el teléfono el par de veces que llama el seguro para preguntar si ha llegado la asistencia, y que están gestionando un hotel por si lo necesito. Panaiotis me dice que hice bien en no aceptar el pago del dinero, que al final de la conversación con la patrulla el griego les explicó que era chapista. Picaresca griega frente a cabezonería española.


Servidor y Panaiotis

Finalmente llega el auxilio. Como estoy en tierra de nadie resulta un inconveniente que el camión cruce el puesto fronterizo, porque tendría que hacer todo el trámite de salir y entrar. De nuevo Panaiotis al rescate, les comenta a los aduaneros la situación, aunque ya están sobre aviso por la charla que tuve con uno de ellos. Me permiten sacar la moto en sentido contrario por el puesto sin tener que hacer nada.

El conductor, Fotis carga la moto, y se trae un ayudante que habla inglés, supongo que por petición del seguro. Panagis (juro que no me invento los nombres) me pregunta que si es cierto que vengo desde España en la moto. Desde Atenas sí se nota cierto asombro cuando confirmo la procedencia.

Nos dirigimos a Alexandropoli y mantenemos una conversación animada. A medio camino, hay una población con un taller a pie de carretera, me preguntan que si quiero probar suerte. Paramos, Panagis explica la situación y uno de los mecánicos se acerca al concesionario de al lado. Minutos después trae una maneta de freno. Me dice que no es original pero que sirve. Confirmo con el pedazo que llevo en el bolsillo que sí, que me vale, bueno, a la moto.

Le digo a Fotis que no baje la moto todavía, tengo que hablar del precio. Panagis va traduciendo, piden dieciocho euros, pregunto que si montada o solo la pieza, que montada, les digo que está bien. Entonces empezamos a bajar la moto, pero Panagis no tiene claro si me ha dado bien el precio. Tratamos de aclararlo con la libreta. Piden ochenta.
¡Quieto todo el mundo!
Ahora sí empiezo el regateo, que eso es mucho dinero. Alego que en España no cuesta ni la mitad. Que esto no es España, que es un buen precio, que la maneta es mejor que la original, que si ya es tarde y que en Alexandrópolis estará todo cerrado cuando lleguemos… Entre la espera en el café, cargar la moto y el trayecto son las siete pasadas, hace una hora que ya es de noche.
Los operarios no se bajan de la burra y termino pidiendo el precio de la pieza, que ya la cambiaré yo. Setenta.
¡A cagar!
Volvemos a cargar la moto con el consiguiente enfado de Fotis, y el sentido de culpabilidad de Panagis por el malentendido.

El resto del camino transcurre con un poco de tensión en la cabina. Trato de aligerar la situación, y les digo que tal vez si fuera rico, alemán o americano hubiera pagado, pero que soy Cazurro.

Llegamos a Alexandrópolis. Por supuesto el taller está abierto. Por veinte euros me cambian la maneta y me dan un poco de conversación.

De nuevo a la carretera para buscar un sitio donde dormir.
Mañana Estambul.

Cuidarse,

Marne





jueves, 8 de noviembre de 2012

Segunda avería



Para el que se acuerde: voz de la abuela de “las chicas de Oro”

      Sicilia, 2012. Me paro en una gasolinera y cuando voy a meter la marcha se rompe el cable del embrague…

Segunda Avería

Solo un trocito
Estaba llegando a casa de mis amigos en Melilli, Siracusa y escasamente a diez kilómetros de su casa se rompe el cable del embrague.
Benedetto y Tatiana me esperan hoy, pero no hay hora de llegada. Hemos quedado en hacer una llamada.


Ha sido un día con mucha lluvia, y no me he percatado de que el traje de agua no estaba bien puesto. Yo no me he mojado, pero la cazadora y los pantalones están calados. Ahora ya no llueve, pero si hubiera seguido así estaría empapado.

Un poco de agua
Como es pronto decido cambiar el cable y continuar camino. Mi primera vez. Aparto la moto hasta el pie del motel de carretera que hay al lado de la gasolinera. Me pongo a la tarea y parece sencillo.
Pero solo la primera parte, quitar el cable roto.
Tengo tres cables entre los recambios que me han regalado en la tienda de Kawasaki en León. Pero solo uno me vale para el embrague, y tengo que poner una presilla en la parte de abajo para que no se salga de la pieza que tira de la palanca. Resulta que el cable no entra en la presilla. Intento varias opciones, incluso aprovechar el cable roto y poner la presilla en la leva, pero no llega aunque le ponga todas la holguras a tope.

Aparca a mi lado una furgoneta y se interesan por la situación. Me explico como puedo y me dejan en la faena. Pasado un rato, visto que no avanzo, y que no veo la solución les pregunto si tendrán alguna cosa que me sirva de presilla. Por supuesto, pero que como no lo he pedido antes. Son instaladores de teléfonos y tienen diferente piezas para hacer empalmes y tornillería diversa.
Encontramos varias piezas que me pueden servir y el cable queda puesto. Tensamos y comprobamos el movimiento. Listo.


Ayuda esta vez sin nombre
Pero las marchan no entran.
Sí puedo accionar el embrague, pero no se produce la transmisión del motor a la rueda.
Tenso y destenso el cable hasta que me doy por vencido. Recojo todo y lo guardo.

Prefería llegar por mi mismo hasta Melilli, pero ha llegado el momento de usar el teléfono..

Y resulta que en el hostal lo tienen estropeado. Unos metros más allá hay un complejo con cines, discoteca, hotel… y me dirijo allí. De entrada me dicen que no, pero que si se trata de algo importante. Le digo que mi moto está muerta y me dejan llamar. Hablo con Tatiana y le explico la situación.

Al poco aparece Benedetto en el coche acompañado de un mecánico: Sebastiano.
Benedetto tiene una Harley y este es su mecánico de confianza. Hecha un vistazo y enseguida se da cuenta de que el cable está muy tenso y al soltar la leva no termina de entrar el engrane.
Lo libera un poco y ya entra la primera, pero la segunda no termina de entrar.
Prueba un rato y como no estamos lejos del pueblo decidimos que les siga en primera por carreteras secundarias.

Taller móvil


Salgo detrás de ellos y pruebo a meter segunda. Funciona. ¿Y tercera? Funciona. Y así cuarta, quinta y sexta. No encuentro la marcha atrás je je.

Llegamos al pueblo y dejamos la moto en el taller para echarla un vistazo. Pero no mañana, que es fiesta de todos los santos, si no para el viernes. Esta noche hallowen pasado por agua.

El viernes por la mañana nos acercamos al taller y ya ha desmontado parte del cambio, el embrague está bien, pero no sabrá nada hasta la tarde.
No me pongo muy nervioso, la moto funciona y creo que no puede ser nada grave.

Sebastiano terminó de abrir la moto, y vio como el empujador de las marchas, una pieza con forma de Y , tenía roto un lado. Como no encontraba la pieza la ha soldado y rectificado. Ha vuelto a montar y ha rellenado con aceite nuevo y limpio de virutas y limaduras de la pieza rota.
He dado una vuelta y todo en orden, parece que las marchan entran más suaves, pero tal vez solo sean imaginaciones.

Mañana otra vez en la ruta y saldremos de dudas.

Esta vez la avería era más seria, pero el precio me parece muy ajustado con cambio de aceite incluido y todas las horas que ha echado.

Entre probar la moto y charlar un rato no hice una foto con Sebastiano, y el sábado la "oficina" estaba cerrada. De todas maneras un gusto coincidir con esta gente.

Cuidarse,

Marne