Vuelvo sobre mis pasos como si hubiera perdido algo. Ya no
quedan aves migratorias para recordarme que el camino es en el otro sentido,
que aún es pronto para volver. Tampoco tiene sentido explayarme sobre el error
y el errar.
Avanzo, y esta vez reconozco los paisajes. No hay
incertidumbre en la frontera y, por momentos, parece que he vuelto a Grecia
paradójicamente para hablar italiano.
Llueve y hace frío. Voy despacio por la cuneta, a unos
setenta u ochenta, dejando sitio para que pasen todos los kamikaces.
En mi camino a Kabala me detengo junto a una cafetería de
viejo. El dueño, un hombre de sesenta años que habla cinco idiomas, no dejará
que pague ningún café. En un inglés muy fluido me dice que prefiere que
conversemos en italiano. Por supuesto, lo habla mejor que yo.
La situación de los encuentros es recurrente, pero todas las
conversaciones son enriquecedoras. A menudo empezamos con intercambio de
información personal no muy profunda, continuamos con las particularidades de
cada país en algún campo, ya sea educación, política, economía… y si quedan
ganas y tiempo, arreglamos un poco el mundo para dejarlo como está. Esta vez
daba tiempo, la lluvia arrecia y prefiero pasar el rato empapándome de
sabiduría que de agua.
Por la noche vuelvo a hablar en italiano. Estoy en Kavala.
Me confirman que hace muy mal tiempo para la época, no pasamos de cinco grados
por el día. Más tarde me enteraré que hay una ola de frío que ha dejado algunos
muertos en Polonia y Chequia. Desde luego por aquí la situación no es tan
cruda, pero se nota que la ventana está abierta en los países del norte y aquí
nos llega la corriente.
A lo que íbamos, en Turquía me quité un poco el mono de
tocar, pero me provocó la añoranza de música en directo.
Después de cenar un kebab me di un paseo por la zona amurallada,
recalé en un bar con buena música aunque un poco desangelado.
Estoy acostumbrado a que te pongan un vaso de agua cuando pides un café o algo de comer, pero en esta ocasión me sorprendió que lo hicieran cuando pedí una cerveza. Digiero la sorpresa con la mirada deambulando por estantes de madera tallada, paredes de piedra y ladrillo, suelos de terrazo rústico… y entonces veo un cartel de un concierto en otro establecimiento, esa misma noche. El local está por el centro, y de todas formas me pilla de camino al hotel, así que emprendo la búsqueda. Doy un par de vueltas sin éxito hasta que un grupo de gente se interna en un portal un poco extraño, mucha luz, puertas abiertas… La casa es un centro social con dependencias, ahora cerradas, en los dos primeros pisos, y un bar en el ático (entrañable CCAN). Hoy, dos bandas locales por tres euros, el precio de la cerveza.
Me ponen una curiosa tapa: cacahuetes, y un plato con rodajas de zanahoria y pepino. Las camareras enseguida me calan como extranjero. Hablamos en inglés, pero cuando una se entera que soy español me pregunta si hablo italiano. Ella está estudiando italiano y le gustaría practicar un poco, le digo que mi italiano es un poco chafardero pero adelante.
Las bandas no son muy buenas, pero me alegra contribuir a
que puedan seguir tocando, comprando cuerdas y baquetas, pagando el local de
ensayo, colaborar en mantener la música viva, no solo en conserva.
Regreso a por mi ración de asfalto, pero me preocupa que la
previsión del tiempo acierte, dicen que va a nevar.
Me refugio en un hotel en Alexandria, pasado Tesalónica. Por
la mañana está nevando sobre un manto blanco que se ha deslizado
subrepticiamente durante la noche. Sobre las dos de la tarde dejan de caer
copos, pero ni por esas los termómetros
llegan a temperaturas positivas en todo el día. Por la noche baja la niebla y
se desploma el mercurio hasta seis bajo cero.
El día siguiente amanece radiante, y la carretera está despejada
de hielo. Me pongo en marcha un poco preocupado por un puerto que disfruté hace
un mes. Se puede ir por autopista, pero no me hace mucha gracia, y menos ahora
que voy despacio. Ya habréis observado que en la moto mi velocidad es
inversamente proporcional al frío.
Voy subiendo con el camino limpio, en muchos tramos seco, en
otros la sal y el agua en compañía. A medida que avanzo se ve más nieve en las
cunetas y en alguna curva en penumbra restos de hielo que no conoce la sal,
apenas unos hilillos “como de plashtilina” de escasos metros y apenas una
cuarta de ancho.
Poco antes de la cima, en la otra ocasión fue bajando, hay
una población, Kastania, con unos monasterios entre bosques de robles que
retraté en fotos y aparecen en el video de Grecia.
Castañazo.
Entro en una curva y desaparece casi todo el negro del suelo
gris oscuro, total: casi blanco.
Sudor al entrar en el hielo.
¡no pierdas la calma!
no pierdas la calma,
no pierdas tracción,
no tumbes,
no hagas movimientos bruscos,
no hagas…
no pienses…
no respires…
Y termino por detenerme con un par de resbalones y las
piernas estiradas en un intento por tener más puntos de apoyo.
Pero la parada aún no ha terminado. La rueda trasera no
tiene tracción y empiezo a ir marcha atrás. Resbalo. La moto empieza a cruzarse
y mantengo la verticalidad todo lo que puedo, que es poco. Finalmente, casi
quieto, no puedo sujetar la moto en pie y se me cae de entre las piernas. En el
intento por no dejar aplastada ninguna parte de mi anatomía, termino en el
suelo suavemente pero sin remisión, me deslizo boca abajo un par de metros, mientras,
la moto se gira un poco sobre sí misma y también se para. Me habré internado
casi cincuenta metros en esta pista de bogslei. Pura suerte no haberlos hecho
resbalando desde el principio.
Estoy bien, todo ha sido como a cámara lenta para suceder
tan rápido.
Desmonto el caracol y la maleta derecha. Tengo que arrastrar
la moto hasta un sitio donde pueda hacer fuerza sin que me patinen los pies, y
con suficientes garantías para que la moto no se escurra de nuevo.
Y creerme, no es fácil. Como en los dibujos animados, en los
primeros intentos es como si fuera la moto la que me empujara a mi.
Me pongo nervioso. Primero lo huelo, y luego veo que rezuma
gasolina por la tapa del depósito. Recuerdo que no me he cruzado con nadie en
sentido contrario, y hace bastante que no veo coches. Mejor no espero ayuda y
me apresuro.
Finalmente la moto está sobre sus ruedas, encarada hacia abajo, pero tengo que salir del
hielo. Me alegro de que apenas pese doscientos kilos, y ahora, descargada, es
más manejable. Se ha roto el extremo de la leva del embrague, la bola, pero el
resto está bien.
Logro llegar a una zona estable, y me preparo para desandar el
camino. Empaco todo y termino de recorrer los cuarenta kilómetros más cortos del viaje,
no en vano estoy en el mismo sitio.
Hoy no es el día. Tras abandonar la autopista paro a tomar
un chocolatito en una pastelería y rompo el tirador de la cremallera de la
cazadora. Lo soluciono con una argolla de un llavero, y para no empeorarlo, engraso
un poco los dientes con un poco de mantequilla que solicito a la camarera para
su asombro. No tienen aceite de oliva.
Esta noche la paso en Siatista, en vez de en Kastoria, que
era mi primera idea.
De nuevo en un hotel. Doce bajo cero.
Mañana: Albania.
Cuidarse,
Marne
Ánimo, jefe. Habrá algo que se te ponga por delante...? He estado viendo el video y es fantástico. De todos modos ten cuidado con las inclemencias del tiempo y sigue ofreciéndonos detalles de tu aventura, que yo los disfruto como un enano...
ResponderEliminarY por cierto... Feliz Navidad, amigo !!!
Cuídate mucho !!!!
Felices fiestas para esa gran pequeña familia.
ResponderEliminarGracias por todo.
Cuidense
Que te esperabas pasando por un sitio que se llama "Kastania"...? Si es que vas provocando. Por cierto me lo he imaginado y me ha parecido muy digno de mis mejores pifias. Te confieso que me he reído un poco. Disfruta todo lo que puedas (aunque por aquí se te echa de menos).
ResponderEliminarFeliz navidad Bro, aunque está un poco sobrevalorada, como los apocalipsis...
Gracias Bro, como dicen por aquí : Tanti auguri
ResponderEliminarCiao y cuidense.
Nos veremos pronto